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Durante un mes asistí a un taller titulado Discerniendo la voz de Dios. Teníamos tareas y cada semana nos reuníamos para hablar al respecto y contar nuestras experiencias. A este taller solo íbamos tres hispanas, el resto de mujeres eran americanas. Con mi poco inglés, una Biblia bilingüe y mis cinco sentidos pude sacar el mayor provecho de este taller. Pero algo que me llamó la atención era la sensibilidad de las mujeres americanas. Si hablaban de alguna necesidad en su hogar o de su esposo o de un hijo o de ellas mismas las lágrimas de la que hablaba y de las que escuchaban no dejaban de rodar por sus mejillas. Para mi lo que algunas de ellas decían no era para tanto “drama”, pensaba para mis adentros. Pero me di cuenta que tan duro e insensible uno puede ser al dolor de los demás y a sus necesidades. Puede que para mi no sea doloroso, pero para la que lo estaba contando si. Nos hemos vuelto insensibles en este mundo de corre corre. Hemos perdido el dolor de perder un hijo por no tener tiempo para él, hemos perdido la sensibilidad de perder a nuestra familia, hemos perdido los detalles pequeños de la vida. Nos hemos vuelto tan fuertes aquí para sobrevivir que es difícil que podamos ver lo que nos rodea y disfrutarlo. Pensaba que hacía mucho no salían mis lágrimas por cosas dolorosas que uno escucha o ve. He escuchado a tanta gente, he visto tantas injusticias, he tenido que ver personas necesitadas de aceptación y amor, he tenido que escuchar sobre infidelidades, sobre chisme etc, etc. Pero nunca me había detenido a escuchar la voz de Dios. A través de ella puedo conocer su carácter, su amor, su grandeza, conocer sus planes, esperar, y sobre todo a tener tranquilidad porque se que lo que el me hable va a ser para mi bien. De El no puedo esperar envidia, codicia, rencor, revancha, peleas. Pero nunca había puesto atención a lo que El quería decirme. Siempre estamos tan ocupados y tan distraídos que no tenemos tiempo para escucharlo. Es necesario volver a sentir, volver a creer en la gente, volver a preocuparnos por nuestra familia, amigos. Es necesario que en nuestros ojos se vea vida, no podemos seguir deambulando como zombis sin alma. Nuestras prioridades se han distorsionado, y lo que antes tenía valor para nosotros, lo hemos dejado perder. “Eres como un maniquí, cuerpo sin alma”. Decía una canción de mi juventud. Y realmente no quiero perder lo que nos diferencia de los animales y es el alma. Quiero escuchar la voz de Dios en todas las cosas de mi vida.
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