|
Gracias a mí, porque yo lo conseguí, debido a que yo hable, sin mí eso no se hubiera podido lograr, yo tuve la idea, no lo habían pensado antes, yo-yo, yo-yo, yo-yo. Yo-Yo, era lo que siempre escuchaba cuando llegué aquí, esto causaba en mí tanto malestar, porque consideraba que la gente estaba necesitada de aceptación y por eso se comportaba así. Con el tiempo, me acostumbré a escuchar las historias de las personas, sobre sus hazañas y sus logros, pero aún no podía asimilarlo. Me parecía tan curiosa esta necesidad, pero acepté que hacía parte de las circunstancias de la gente. Con el tiempo y en la medida que fui escribiendo esta columna, muchas personas se me acercaban, para agradecerme, porque de una u otra forma la columna CON USTED, les había ayudado o por otras razones. Al principio, me ponía colorada y trataba de evitar el tema, no me gustaba que me halagaran, pero con el tiempo mi parte humana cedió y cuando alguien me decía algo, ya no me ponía colorada, sino que empezaba a disfrutarlo. Mi yo-yo, empezó a deleitarse y a tener la necesidad de aceptación, como la tenía la gente, que describo al inicio de esta columna. Un día, mi hermano mayor, vino a visitarme y con mucho orgullo saque todos mis artículos para que él los leyera. El, leyó dos o tres, y quería hablar de otras cosas que teníamos pendientes y de importancia en ese momento, pero yo insistía en que leyera mis artículos. Después de un rato, él me dijo, colocándolos a un lado, me siento muy orgulloso de ti y no necesitas mostrarme todos los artículos, para valorarte como persona y amarte como hermana, con ellos o sin ellos eres quien eres. Fue un momento, tan emocionante, entre los dos, que ambos lloramos, porque él también, estaba pasando por una situación muy dura, había perdido su trabajo, por el cual había luchado desde que llegó a este país y su carrera como médico ahora era incierta. Después de hablar, durante horas, Dios hizo que me diera cuenta, de la necedad en que estaba cayendo. Me había dejado llevar por la corriente del egocentrismo y la idea de escribir una columna sencilla, sin un vocabulario demasiado rebuscado y para el servicio de la gente, se había convertido en mi propia vanagloria. El objetivo desde un comienzo, no era para ser reconocida o para que me halagaran o para que me diera estatus o por necesidad de aceptación. Mi hermano escribe artículos de medicina y me decía “conozco tanta gente ante la cual hay que quitarse el sombrero y sin embargo, son ellos los que se quitan el sombrero, delante de uno”. No pierdas esta visión y si Dios te dio el privilegio de escribir, tómalo como un regalo y piensa en función de los demás y no en la tuya. La humildad, según el diccionario, es dar sin esperar, es reconocer que los demás valen más que nosotros y por eso hay que servirles con amor porque lo merecen. La lección, que me dio mi hermano fue muy impactante y le pido a Dios, que me mantenga con los pies en la tierra y no me permita nunca más, elevarme a la enésima potencia. Me había acostumbrado a pensar y sentir, que lo que conseguía era por mi propia cuenta, pero Dios me ha dado una lección de humildad.
|
|