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Cuando estaba soltera, y acudía a una fiesta o reunión, siempre me parecía cursi y aburrida la conversación con las mujeres. Por lo general me gustaba estar en la conversación de los hombres. Escuchar como hablaban de política, economía, la forma como veían la vida, para mi era fascinante. Cuando me hacia al lado de las mujeres las conversaciones siempre oscilaban en bebes, pañales, la comida, el arreglo de la ropa, la casa, etc. Me parecían conversaciones que no me edificaban para nada. Mi vida de soltera era viajar, pasear, tener muchas amistades. Cuando me case, quise seguir viviendo esta vida. Me creía una mujer independiente, liberada, con una mente abierta. Consideraba que merecía que me amaran y me convertí en una mujer necia. En, vez de valorar, quería tener todo. Dios comenzó a trabajar en mi vida y a ver la realidad. El me enseño a no dar por sentadas las cosas, una mujer sabia crea el ambiente de gozo o pleitos en su hogar. Crea una actitud positiva en los hijos y sabe que un hogar alegre alivia el estrés del esposo. Las mujeres se casan esperando cambiar las cosas que no les gusta de su novio. Y los hombres se casan esperando que su mujer no cambie. Que no cambie en su dulzura, en sus palabras amorosas, en sus detalles, en su físico. Las mujeres pensamos que si hablamos duro y no dejamos que el hombre tome las riendas de la casa vamos a poder tener el control de todo y lo vamos a saber manejar. Con facilidad herimos los sentimientos del esposo, con nuestras criticas, nuestras quejas, nuestro descontento. Pronto el nidito de amor se convierte en campo de batalla. Queremos tener el control en todo y le quitamos las obligaciones al esposo. Nos volvemos tan imprudentes que ya no tenemos reparo en hacerlo quedar mal delante de otras personas. Hoy en día el matrimonio no se ve como una unidad, sino como dos personas que luchan cada uno por su propio beneficio, sus propias satisfacciones, sus propios sueños y sus propios anhelos. A veces no se ve la diferencia entre quien es el hombre y quien la mujer porque ambos mandan, ambos deciden, ambos quieren ser el capitán del barco. Es triste llegar a hogares en que los dos trabajan y ver el desorden de las casas y la suciedad y lo peor de todo, los niños abandonados, por conseguir un sueldo extra que a veces lo único que queda son centavos, que no compensan lo que están dejando. Ayuda o estorbo, de nosotras las mujeres depende que clase de mujer queremos ser para nuestros esposos.
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